Martes, 25 de mayo de 2010
Landis pone en jaque al ciclismo
Éramos pocos y, como vulgarmente suele decirse, parió la
abuela, porque las declaraciones -acusaciones, mejor dicho- de Floyd
Landis es lo que menos necesitaba ahora el ciclismo. En pleno Giro, en
la antesala del Tour y cuando parecía que las aguas,
después del susto que nos dieron Pellizotti, Valjavec y Rosendo
con sus pasaportes biológicos, volvían a su cauce.
Landis, es obvio, no ha pensado en el ciclismo, sino en hacer el
mayor daño posible, ya que ha elegido esta fecha y el Tour de
California como altavoz de sus acusaciones. Aparte de los muchos e importantes corredores y directores a los que
señala, quien más pierde una vez más es el
ciclismo en su conjunto, porque la porquería salpica a todos,
también a los que nada tienen que ver con esta historia e,
incluso, a los que tanto han luchado y siguen luchando para que este
deporte salga definitivamente del fango en el que se metió tras
un siglo de historia.
Dicen en Estados Unidos que Landis ha perdido la cabeza. No
sería de extrañar que fuera cierto teniendo en cuenta el
jardín de espinas en el que se ha metido con estas acusaciones y,
sobre todo, teniendo en cuenta que desde que dio positivo por
testosterona en el Tour 2006 lo ha ido perdiendo todo: la credibilidad,
la pequeña fortuna que había atesorado, la familia y su
profesión, porque en el pelotón del ProTour se
había convertido -como tantos otros- en una especie de apestado,
aunque también es cierto que sus resultados, desde que
volvió a competir el año pasado con el modesto equipo
OUCH Sports Medical Center, que puso en marcha el grupo de cirujanos
que le colocó una cabeza de fémur artificial, no
habían sido nada esperanzadores.
Por lo que significaba su regreso a la competición
después de la sanción y después de la complicada
intervención quirúrgica que sufrió, y quizá
también por el capote que pudo echarle Lance Armstrong, que
siempre le defendió aunque la suya fue una relación
inestable, de altos y bajos y de amor y odio, en 2009 los organizadores
del Tour de California le hicieron un hueco en la salida de su carrera
(acabó el 23º de la general). No así este año,
donde ha visto los toros desde la barrera aunque él solito se
las ha apañado para erigirse en el máximo protagonista,
muy por encima de Michael Rogers, el ganador. Su exclusión ha podido ser la gota que ha colmado el vaso de
su paciencia, pero sólo él lo sabe.
Sorprende, sin embargo, que después de tantos años
negando la mayor, porque siempre aseguró que era inocente, ahora
reconozca haberse dopado. Porque, entre otras cosas, podría
ser acusado de perjurio, que es jurar algo en falso, cosa que ha hecho
delante de distintos tribunales. Y eso, en EE.UU., se paga muchas
veces con penas de cárcel. También podría tener
consecuencia legales la idea que tuvo de costear su defensa por medio
de una Fundación que recaudó un millón de
dólares a través Internet. No contento con eso, publicó un libro explicando a todo el
mundo su inocencia. Según dice ahora, mintió
repetidamente. ¿Por qué entonces debemos creerle en esta ocasión?
Landis no ha dejado títere con cabeza. Porque no sólo
deja en evidencia a Armstrong, que es el ciclista más popular y
mediático de la historia del ciclismo (no el mejor), sino
también a Johan Bruyneel, el director más laureado, y a
sus ex compañeros Leipheimer, Hincapie, Zabriskie, Rubiera,
White y Barry, además de a Andy Rihs, patrón del Phonak,
y John Lelangue, su entonces director. Si cabe, lo más fuerte es la acusación que lanza
sobre Hein Verbruggen, el ex presidente de la UCI, de quien insinúa que a cambio de una
cantidad de dinero ocultó un positivo de Armstrong en la Vuelta a
Suiza de 2002. Teniendo en cuenta que el holandés no sólo
fue el máximo mandatario del ciclismo, sino también uno de
los pesos fuertes del olimpismo mundial, la acusación es
gravísima, merecedora, para una de las partes, en función
de si es o no cierta, de la mayor de las penas.
En sus emails, dice Landis que Johan Bruyneel le dio instrucciones de
cómo ponerse los parches de testosterona, que Armstrong le
aconsejó que, puesto que la EPO se detectaba en los controles,
había que hacerse extracciones sanguíneas, que el Dr.
Ferrari le realizó algunas, que Lance le dejó en su casa de Gerona al cargo de vigilar la
temperatura de los frigoríficos donde guardaban las bolsas, que
la testosterona la camuflaban en el aceite de oliva, que en ocasiones
tomaban EPO para elevar el hematocrito, que la hormona de crecimiento se
la compraba al médico y preparador del equipo, valencianos por
más señas, que durante el Tour simularon una avería
en el autobús para llevar a cabo una reinfusión
sanguínea colectiva... y que Andy Rihs, Jim Ochowitz y John
Lelangue, hasta ahora inmaculados, autorizaron su sistema de dopaje
cuando fichó por el Phonak.
Teniendo en cuenta que Landis implicaba directamente a Hein Verbruggen,
y además de una forma brutal, y que algunos de los citados por
él también tienen o han tenido cargos importantes en sus
comisiones, la UCI no tardó en desmentir las acusaciones de Floyd
tras mostrar su "indignación por esta nueva tentativa para
destruir la imagen del ciclismo. Desde hace mucho tiempo", recuerda
el organismo internacional, "nuestro deporte paga muy caro los
comportamientos fraudulentos de individuos como Floyd Landis, y no
podemos aceptar que los principios que regulan nuestro trabajo sean
puestos en discusión, en el plano ético y de honestidad,
por alguien que no ha dudado un infringirlos".
Tiene razón la UCI, pero ¿por qué no actúa
siempre igual? ¿Por qué no da un mínimo de
credibilidad a Floyd Landis y, por el contrario, se apoya en
Jesús Manzano para acusar con Valverde? ¿Qué diferencia hay entre ellos? Es la doble vara de
medir que siempre exhibe el máximo organismo internacional la que
tanto daño hace al ciclismo, porque desconcierta a sus actores y,
sobre todo, a los aficionados, quienes ante casos similares ven
respuestas diferentes.
Volviendo al 'caso Landis', sin embargo, es obvio que las
acusaciones son de tal gravedad, que no pueden quedarse en el
olvido sin ser investigadas a fondo. Por suerte, la Food and Drug
Administration (FDA) y, en particular, el agente Jeff Novitzky, el
mismo que investió el 'caso Balco' e indirectamente
metió a Marion Jones en la cárcel, precisamente por
perjurio, ya se han puesto manos a la obra. Cuando acabe la investigación no habrá medias tintas: o
Landis ha mentido o el que nos ha engañado durante
tantísimos años ha sido Armstrong. Por el bien del
ciclismo, habida cuenta de la entidad del personaje (o de los
personajes), sería deseable que el mentiroso fuera Floyd, pero
ahora mismo no se puede descartar ninguna hipótesis, aunque sobra
decir que si Lance saliera ileso de esta guerra nunca más se
podrían -se deberían- poner en duda sus resultados.
Sería lo deseable, pero...
Con independencia de esta investigación, y de las otras
investigaciones que se lleven a cabo en los países de los otros
afectados, el mundo del ciclismo debería recapacitar sobre el
sistema que se ha impuesto a sí mismo en los últimos
años. Porque está bien que se persiga y castigue con
dureza a los culpables, pero sin olvidar que las penas en las
sociedades avanzadas también tienen un efecto rehabilitador. Si a Landis, al contrario de otros corredores con mejores padrinos,
alguien le hubiera dado una segunda oportunidad, quizá el
escenario actual sería muy distinto. Es obvio que una persona
desesperada como Floyd es capaz de cualquier cosa: de mentir vilmente
o, como los niños y los alcohólicos, decir toda la verdad.
Su problema es que ahora debe demostrar las acusaciones y eso,
suponiendo que fueran verdad, no va a resultar nada fácil. La
UCI, de hecho, ya ha desmontado con datos la versión que dice
que Armstrong y Bruyneel compraron el silencio de Verbruggen. Según el máximo organismo internacional, ninguno de los
laboratorios a los que encargó en esa época
análisis de EPO -París, Lausana, Colonia, Barcelona y
Madrid- encontraron un positivo de la Vuelta a Suiza. Por eso, o Landis
tiene pruebas y encuentra aliados o su futuro puede resultar aún
más negro que el presente, porque sus enemigos son muchos y muy
poderosos, aunque él se los ha buscado.
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