Lunes, 16 de noviembre de 2009
Patrick Keil: quien a hierro mata...
Cuando en 1998 investigó el llamado 'caso Festina', el juez
Patrick Keil tenía 35 años. Llevaba una década como
juez de instrucción y en ese tiempo ya se había ganado la
fama de duro, aunque nadie podía imaginar que iba a tener un
comportamiento tan alocado, ya que en su guerra contra el dopaje,
loable si hubiera sido ése el motivo que le movió,
incluso llegó a detener de forma preventiva al mismísimo
Hein Verbruggen, entonces presidente de la Unión Ciclista
Internacional, cuando éste acudió a la sede de la
Policía Judicial de Lille para ser interrogado en calidad de testigo. Keil quería conocer de primera mano "el poder de la UCI en
materia de lucha contra el dopaje y su rol en ese dominio" y no
tuvo mejor idea que detenerle, cuando una o mil citaciones judiciales
hubieran servido.
La detención de Verbruggen, como es lógico, dio la vuelta
al mundo y por algunas horas la situación del presidente del
máximo organismo internacional del ciclismo fue similar a la de
Willy Voet, el masajista del Festina, el médico Eric Rijkaert
-fallecido años después- y el director Bruno Roussel, los
verdaderos responsables del sistema de dopaje organizado que
regía entonces en el equipo galo y, en concreto, de la
incautación por parte de la Policía de Aduanas de Lille
de 450 dosis de EPO, además de anabolizantes y hormonas de
crecimiento, un verdadero arsenal, el 8 de julio de 1998, tres
días antes del inicio del Tour, en el coche del masajista del Festina. La prisión preventiva de Verbruggen, aunque grave por
ilógica e irrespetuosa, sólo fue una anécdota,
porque lo realmente grave fue el tratamiento que recibieron los
ciclistas y demás afectados por el 'caso Festina', a los que el
juez aplicó la ley de estupefacientes como si fueran
traficantes o delincuentes peligrosos y a los que el sistema
metió el dedo por el culo, en sentido literal, por si
escondían allí dosis de algún producto prohibido. Nicolás Terrados, el entonces médico del equipo ONCE,
también padecio aquel infierno.
Recuerdo como si fuera hoy una conversación que tuve con el Dr.
Terrados en la salida de Albertville, apenas una hora antes del abandono
del equipo español en protesta por lo que se estaba viviendo en
el Tour 98 y unas pocas horas antes de su posterior detención,
que no fue otra cosa que la respuesta del juez y la policía gala
al abandono masivo de los españoles. "¿Ha tirado a la
basura, como han hecho otros médicos de equipo, su
botiquín?", le preguntaba inocentemente aquel día.
Terrados, orgulloso como pocos de su profesión y su carrera
como investigador y médico deportivo, se sintió
ofendido. "Yo no llevo en mi botiquín productos
prohibidos, sino restringidos, que es distinto", me
contestó. "Y los llevo en la cantidad que yo, como
médico de este equipo, considero necesario. Diga lo que diga la
policía, no puedo renunciar a ser médico y a ejercer
como tal, porque no sólo velo por la salud de los corredores, sino
también de los demás miembros del equipo, empezando por el
director (Manolo Sáiz), que como todos sabéis sufre crisis
de asma y tiene problemas de corazón". Estaba claro que no
había tirado nada.
En respuesta al abandono de los españoles, entre los que el
equipo ONCE, con Jalabert y Sáiz a la cabeza, habían
llevado la voz cantante, la policía gala se personó en el
hotel de esta escuadra poniéndolo todo patas arriba e
incautándose, según las primeras e interesadas
informaciones, de productos prohibidos. A Nicolás Terrados le
dijeron que se pasara por la comisaría de Aix-les-Bains para
firmar la hoja de productos requisados y, cuando se disponía a
cumplir el trámite, fue detenido y llevado posteriormente a
Lille para que prestara declaración ante el juez Patrick Keil. Tres días más tarde fue puesto en libertad bajo fianza.
¿Que cuál era su delito? Llevar 4 tubos de Couldina, un
antigripal, suero glucosado, pastillas de cafeína,
aminoácidos, antiinflamatorios, antialérgicos, jarabes
bronquiales y dos corticoides locales (Celestone), de ahí que al
final, después tanto revuelo, el famoso Patrick Keil no tuviera
más remedio que archivar parcialmente la acusación para
sancionarle por "importación de medicinas sin
autorización", ya que los productos no se habían
comprado en Francia.
El equipo ONCE quiso, en un primer momento, recurrir también esa
multa, de aproximadamente 20 euros en total, pero teniendo en cuenta que
ya se había gastado una millonada en abogados decidió
pagarla, pasar de página y olvidar el caso. Terrados tuvo
suerte de trabajar para la ONCE, que presidía entonces
José María Arroyo, todo un caballero, porque si llega a
hacerlo en cualquier otro equipo, exceptuando en todo caso al Banesto
de la época, otro portaaviones, por falta de recursos
económicos suficientes para defenderse ante el sistema
habría quedado -y pagado- como un mero traficante. "Después de lo que pasé, creo que, si volviera a
enfrentarme a una situación similar, actuaría de otra
forma", me confesó Terrados mucho tiempo después.
"No sólo por mí, sino por mi familia".
Cuento la historia de Terrados para intentar explicar de algún
modo el daño que el juez Patrick Keil hizo a mucha gente inocente
al investigar y juzgar de esa forma tan dañina el 'caso Festina'.
Es obvio que se trataba de una trama de dopaje, vergonzosa e
inaceptable, que había que desentrañar, pero el juez
trató al ciclismo y a los ciclistas con tanto desprecio como
saña, utilizando todo tipo de argucias y engaños para
llevar la investigación por los cauces que él
quería y sin tener en cuenta que lo que mayormente tenía
enfrente no eran delicuentes, sino deportistas, con independencia de que algunos -no todos- merecieran un castigo
ejemplar. De hecho, pese al ruido que mundialmente hizo, a la postre
apenas hubo condenas.
Once años después, ese infierno es lo que ahora
está pasando el propio Patrick Keil, quien está a punto
de perder su condición de juez por las sospechas de
corrupción que hay sobre él, ya que al parecer
proporcionó información confidencial a un amigo suyo,
dentista de Montpellier, que estaba siendo investigado. "Sobre el plan deontológico no se puede dar consejos a una
persona perseguida penalmente", ha reconocido el propio Keil,
"pero yo sólo me limité a darle simples consejos
jurídicos, como lo hubiera hecho un abogado".
Él, sin embargo, no era abogado, sino juez, y empleo el verbo en
pasado porque, entre otras cosas, ya ha cumplido tres meses en
prisión preventiva, tiempo en el que ha escrito un libro,
"Du barreau aux barreaux" (De la Magistratura a los
barrotes), en el que da su versión del 'caso Festina' y explica
su actual situación, muy próxima al verdadero infierno
porque en los últimos tiempos no sólo ha podido perder
su carrera, sino también ha merodeado con el alcohol y se ha
separado de su mujer y de sus hijos, a los que no ve desde hace un año. Eso sí, mientras pone en marcha un sitio en internet de consulta
jurídica, Patrick Keil, que con sus 1,57 m de estatura y 45 kg de
peso pasaría por ser un gran escalador, amenaza con un segundo
libro, aunque en absoluto relacionado con el ciclismo. En el primero, no
obstante, explica que "no creo que el Tour 2009 haya sido
limpio" y que su descenso a los infiernos se debe
"involuntariamente a haber puesto en evidencia a la gran
institución deportiva que es el Tour de Francia".
Sobre el 'caso Festina', Keil explica que "recuerdo que los
primeros días una comunicación de la Fiscalía de
Lille decía que no había que tocar ni al Tour ni a los
ciclistas. Y yo tomé la decisión contraria... Mi único error fue no dejar la Magistratura en 2000, cuando
lo hicieron la mayor parte de los jueces que habían
instruído casos sensibles".
El 'pequeño juez', como así le llamaban por su
complexión física, ha tenido, pese a sus desgracias
personales, de las que nadie debería alegrarse, y profesionales,
la suerte de que nadie se ha ensañado con él ni metido el
dedo por el culo, que es lo que él hizo con los ciclistas del
'caso Festina'.
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